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Puerto Rico en la oscuridad: una crisis energética que afecta vidas y desafía nuestra empatía

Actualizado: 12 may

Una vez más, nuestro Puerto Rico se sumerge en la incertidumbre de un apagón masivo. Más de 1.1 millones de personas sin electricidad, servicios esenciales paralizados, hospitales funcionando a medias, y miles sin acceso a agua potable. Este no es un hecho aislado, ni una molestia temporal. Es un reflejo profundo de una crisis energética no resuelta que arrastramos desde el huracán María en 2017. Desde entonces, la fragilidad del sistema eléctrico no solo persiste, sino que afecta directamente nuestra salud, calidad de vida y estabilidad emocional.


Ante la falta de respuestas sostenibles, muchas personas han optado por soluciones individuales: generadores, placas solares, baterías portátiles… Pero no todas las personas pueden permitirse estas alternativas. Quienes viven en condiciones de vulnerabilidad económica dependen completamente de un sistema público que nos continúa fallando.


Sin electricidad, no solo perdemos la comodidad de la luz o el acceso a internet. Pacientes que dependen de equipos médicos eléctricos, como respiradores, máquinas de oxígeno o diálisis, quedan desprotegidos. El calor extremo, la dificultad para conservar medicamentos como la insulina y la inseguridad alimentaria aumentan el riesgo de emergencias médicas. Además, no podemos ignorar el impacto en la salud mental: la ansiedad, el insomnio, el agotamiento emocional y la sensación de desesperanza se hacen más presentes con cada apagón prolongado.


Como educadora en salud, sé que no podemos hablar de bienestar integral sin hablar de estabilidad, acceso y condiciones dignas de vida. Esto va más allá de una queja colectiva. ¿Cómo podemos hablar de salud pública y prevención cuando las condiciones básicas para vivir dignamente no están garantizadas?


No podemos seguir normalizando que vivir sin electricidad sea parte del día a día. Tampoco podemos aceptar que la solución dependa exclusivamente del acceso individual a tecnología o recursos. Necesitamos un sistema energético resiliente y justo, diseñado con perspectiva de equidad, salud y bienestar. Uno que no deje atrás a los más vulnerables. Uno que proteja a quienes más lo necesitan. Uno que entienda que la salud empieza por tener las condiciones mínimas para vivir con seguridad.


Hoy más que nunca, la empatía debe guiarnos. Que no solo pensemos en cómo nos afecta, sino en cómo podemos alzar la voz, exigir soluciones estructurales, y ser parte de una transformación que realmente priorice el bienestar de todos.


Una vez más, nuestro Puerto Rico se sumerge en la incertidumbre de un apagón masivo.


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©2024 by Lcda. Adia Aponte

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